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Un maestro es un conseguidor,
alguien capaz de transformar las dificultades
en posibilidades
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Con ese credo ético de trasfondo, les propuse a mis estudiantes del Prácticum, en su último año de formación, que reflexionaran sobre la misión a la que iban a dedicar su vida profesional. Les pedí que redactaran y firmaran una suerte de código deontológico, de contrato simbólico con el que comprometerse para siempre. Sus respuestas fueron gratificantes y tranquilizadoras.
A modo de ejemplo, expongo uno de esos decálogo (podría exponer otros de igual valor) donde se evidencia que la lucidez, la frescura y el compromiso que necesita la escuela, no es patrimonio exclusivo de grandes púlpitos académicos (Universidad, grandes doctores o editoriales...); también se encuentra en el ADN de esos jóvenes de nuestras facultades. Uno de mis estudiantes decía:
